Sin pretenderlo conscientemente, el taller resultó ser una especie de experiencia mayéutica: según el método socrático, el maestro no inculca al alumno el conocimiento, pues rechaza que su mente sea un receptáculo o cajón vacío en el que se puedan introducir las distintas “verdades”; para Sócrates, era el discípulo quien extrae de sí mismo el conocimiento.

En el taller se iba avanzando haciendo preguntas a los alumnos, y dialogando con ellos para que llegasen por sí mismo a las conclusiones.

En una clase convencional la enseñanza es unidireccional, el alumno absorbe la información que le suministra el profesor. Pero en nuestro taller el papel del guía es lanzar preguntas que primero provoquen entre los alumnos respuestas espontáneas y que en el debate posterior vayan modificándose. Veamos un ejemplo, de una de las primeras actividades del taller:

(observador) ¿Cuántas lenguas se hablan en España?

(alumno 1) Una.
(observador) ¿Una sólo?
(alumno 2) No, se hablan más, también el catalán…
(alumno 3) y... el gallego y el vasco...
(observador): ¿Ninguna más?
(alumno 2): No.
(observador): ¿Seguro? ¿Cuántas lenguas se hablan en el colegio?
(alumno 3): Una, el español.
(observador): ¿Sólo el español? ¿No hay aquí compañeros que vienen de otros países?
(alumno 2): Ah, claro, también sus lenguas.
(observador): Entonces, ¿cuántas lenguas pensáis que se hablan en España?

De esta manera se busca fomentar la reflexión y la participación de los alumnos, que pueden llegar a conclusiones por ellos mismos y descubren lo que ya saben pero nunca se habían parado a pensar.

Sócrates solía facilitar la dialéctica mayéutica empleando “chistes” que demostraban el absurdo de ciertas ideas preconcebidas y tomadas como certezas del “sentido común”. En el taller también jugamos con la ironía socrática y buscamos explotar la parte lúdica y despertar la risa o la sonrisa de los alumnos:

En otra de las actividades (actividad 11) se pide a un voluntario que se enfrente a un texto en una lengua desconocida y vea qué es capaz de entender. Uno de los textos en cuestión es una carta, una felicitación de navidad, en ruso.

(observador): Bueno, este es el texto, está en ruso. ¿tú sabes ruso?

(alumno): No.
(observador):¿Seguro? ¿No me engañas? [RISAS GENERALES]
(alumno): Seguro.
(observador): Vale, toma el texto. ¿qué crees que es?
(alumno): No sé.
(observador): ¿ No sabes? Míralo bien.
(alumno): Pues, no sé... ¿una carta?
(observador):¿ Una carta? ¿Por qué crees que es una carta?
(alumno): Pues.. por la fecha y la firma.
(observador): Pero si me has dicho que no sabes ruso... [MÁS RISAS]
(alumno): Ya pero la fecha son números y la firma... pues una firma... el que escribe la carta…
(observador): Vale. ¿Una carta de qué?
(alumno): No sé.
(observador): Concéntrate en la carta y piensa un poco...
(alumno): Pues... es una carta de navidad.
(observador): Tú me estás engañando, sí que sabes ruso... [CARCAJADAS]
(alumno): Que no profe, qué va…
(observador): Entonces ¿cómo lo sabes?

El alumno parte de lo que cree saber (más bien de lo que cree no saber, pues la primera respuesta solía ser siempre “no sé”) y a través del diálogo se le ayuda a descubrir lo conocido en lo desconocido, lo que no sabe que puede hacer, pero en efecto hace. Y además no siente presión, no está en un examen ni ante un tribunal, es un juego, pero un juego provechoso y sorprendente.

<anterior siguiente>